lunes, 28 de abril de 2008
Capítulo 80 - Castillo
domingo, 30 de marzo de 2008
Capítulo 79 - Libro Suicida (Roto)
Justo embotado en ese pensamiento, vio a la tinta acercándose. No era la pluma ni la aguja: era precisamente la tinta, a la que menos quería ver. La odió por aparecer allí en ese momento, viéndole flaquear. Pensó que demasido mal lo pasaba en ese instante: totalmente derrumbado, carente de todo aliento, incapaz de tomar impulso. Estaba roto. Completamente roto. Había perdido aquéllo que más le importaba. Sin sentido y sin razón, y ya no volvería. No podía afrontarlo. La culpa era suya y lo sabía; cualquiera le diría que no, que era imposible: las casualidades no eran culpa de nadie y menos las que resultan tan trágicas. Esas que desde dentro te desgarran, desde el pecho hasta los ojos, tirantes, a punto de estallar, esperando que eso se rompa sin exito alguno. Odiaba a la tinta.
- ¿Qué es lo que quieres?
- No quiero nada. ¿Qué ocurre?
- Nada que te interese. Lárgate, por favor.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Sí, vete. Ambos sabemos que no te importa una mierda.
- Pero...
El libro no lo soportaba, quería que se largara de allí, estar sólo y romperse, literalmente, para poder dejar de sentir. Quería un puñal, clavado con violencia y resquebrajando su lomo. Sólo eso.
Ojalá pudiera.
- Tinta, tienes dos opciones o largarte o darme una paliza.
- ¿Qué estás diciendo?¿Pero cómo puedes decir tal barbaridad?
- Entonces lárgate.
- Pero... Joder, estás demente. ¿Cómo esperas que yo?
- Es muy sencillo: pégame una paliza o lárgate. Yo creo que lo que quieres es lo primero, salta a la vista, pero no te atreves. Siempre has sido una cobarde. Lárgate.
Mientras la tinta se retiraba, el libro deseó que le hubiera dado esa paliza. Que las páginas hubieran volado por la habitación, sus versos se hubieran perdido y no quedara ya nada de su ser más que las tapas gastadas y vacías, como deseaba que se encontrara su mente.
Y así pasó largo tiempo sufriendo, ansiando esa puñalada que le liberara para poder llorar en paz y entonces poder dejar atrás el pasado, con todas las malas experiencias y recuerdos. Olvidando los olores, colores, sonidos y sabores que le dolían en su interior, desde el pecho hasta los ojos. Romperse para dejar de estar roto.
Por desgracia esta vez no vino el nazi.
viernes, 28 de marzo de 2008
Capítulo 78 - Estrategia
- Pero... ¿Crees que nos dejarán?
-¿Dejarnos?¿Dejarnos qué?
- Ya sabes... Entrar.
- ¡Qué intenten impedírnoslo!
- Jefe, ¿de verdad es necesario?
- ¡Por supuesto!¡Es la única manera!
- Yo creo que en el Carrefour no nos dejan entrar con espadas, y, la verdad, dudo que esta vez se nos vaya a escapar la sandía.
- Claro que no, por mi estrategia.
jueves, 20 de marzo de 2008
Capítulo 77 - Málaga
Puestos a hacer balance, esos días son un tesoro: más que un recuerdo o más que una experiencia. Es una definición: de la risa, la juventud, la amistad, el absurdo, la indecencia, la somnolencia fruto del sueño, los gritos, las vacaciones, los chistes, el yop, la sobrinísima, Guillermo Takata, té, helado, concierto, el número 3 (no 1, ni 2, 3), TÚUUUUUUUUUUUU, SÍ TÚUU, ensayos, Lamentos, Tiempo de fornicio, Ping Pong Italiano, la Jaca Trotona, fachadas rosas, Hüssendolfer, cortesía malagueña, Plaza Mayor, taichí y hasta yo.
Nunca podría decir cuál es la diferencia, pero sé que sin todo esto, yo ya no sería yo. Sería otro: quizá mejor, quizá peor, quizá lo mismo, pero no sería yo. Y me gusta como soy.
¡Qué la VALE sea contigo!
Capítulo 76 - Bosque
La lagartija se tuesta al sol, en su roca; las flores se estiran y cantan a las abejas, como sirenas; las hojas caidas crujen al pasó del tejón, con su tonto pasear; el musgo crece en troncos y rocas, afanoso por volar; algún pez revolotea rio abajo, por el cauce serpenteante; y hasta los árboles gritan, emocianados con el día.
Los trinos en las copas, las briznas en el suelo, la pureza en su materia y hogar en su extensión. Todo hinchado, embadurnado y colorido por la luz. Luz que da la magia de la sombra en su contorno y la vida en su interior.
sábado, 23 de febrero de 2008
Capítulo 75 - Correcta Caperucita
PARA NIÑOS/AS POLÍTICAMENTE CORRECTOS/AS
Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
- Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
- No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
Respondió Caperucita:
- Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.
A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
- Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
- Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
- ¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
- Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
- Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.
- Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
- Y... abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!
Respondió el lobo:
- Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
- ¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
- ¿Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo? -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.
Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.
Fuente: http://www.1de3.com/portal/tablas/caperucita.htm
miércoles, 13 de febrero de 2008
Capítulo 74 - ¿Preguntas o afirmas?
- ¿Que si he visto Entrevista con el Vampiro? ¿Cómo puedes preguntarme eso?
- ¿Qué pasa? ¿Tan buena es que la ha visto todo el mundo?
- ¿A tí te parece buena?
- ¿Buena? ¿En cuanto a la interpretación o el diálogo?
- !!! ¿Te parece esa una distinción adecuada?
- ¿A tí no?
- ¿Desde cuándo las posibilidades interpretativas van separadas del guión?
- ¿Entonces no es una buena distinción?
- ¿Tú que crees?
- ... ¿Pero te gusta o no?
- ¿Me ves cara de disfrutar con Antonio Banderas y Brad Pitt?
- ¿Y esa sí es una distinción justa?
- ¿Y por qué no?
- ¿Bromeas, verdad?
- ¿Me ves cara de estar bromeando?
- ¿Entonces la interpretación y el guión de forma independiente no son adecuadas para valorar la calidad de una película pero si lo son los actores que trabajen en ellas?
- ¿Se supone que eso lo dices tú o lo digo yo?
- ¿Entonces, para tí es lo mismo el Club de la Lucha que Sr. Y Sra. Smith?
- ¿Acaso estás comparando a Helena Boham Carter con Angelina Jolie?
- ¿Tú de qué porqueriza has salido?
- ¿Acaso no digo la verdad?
- Pero, pero ¿cómo se me ocurre?
- ¿Pero a qué viene todo esto?
- ¿En serio no eres consciente?
- ¿Consciente de qué? ¿Acaso hay algo de malo en que no me preocupe por ver cosas como Entrevista con el Vampiro?
- ¿Entonces no la has visto?
- ¿En algún momento he dicho yo que sí?
- ¿Y por qué coño no la alquilamos y nos vamos ya de aquí? El dependiente lleva media hora mirándonos.
- Vale. Cógela y vámonos.