sábado, 23 de febrero de 2008

Capítulo 75 - Correcta Caperucita

EL CUENTO DE CAPERUCITA ROJA EN LENGUAJE POLÍTICAMENTE CORRECTO
PARA NIÑOS/AS POLÍTICAMENTE CORRECTOS/AS


Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

- Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.

- No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita:

- Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.

A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

- Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.

- Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.

- ¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

- Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

- Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.

- Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.

- Y... abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

- Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.

- ¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.

- ¿Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo? -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.

Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.


Fuente: http://www.1de3.com/portal/tablas/caperucita.htm

miércoles, 13 de febrero de 2008

Capítulo 74 - ¿Preguntas o afirmas?

- ¿Has visto Entrevista con el Vampiro?
- ¿Que si he visto Entrevista con el Vampiro? ¿Cómo puedes preguntarme eso?
- ¿Qué pasa? ¿Tan buena es que la ha visto todo el mundo?
- ¿A tí te parece buena?
- ¿Buena? ¿En cuanto a la interpretación o el diálogo?
- !!! ¿Te parece esa una distinción adecuada?
- ¿A tí no?
- ¿Desde cuándo las posibilidades interpretativas van separadas del guión?
- ¿Entonces no es una buena distinción?
- ¿Tú que crees?
- ... ¿Pero te gusta o no?
- ¿Me ves cara de disfrutar con Antonio Banderas y Brad Pitt?
- ¿Y esa sí es una distinción justa?
- ¿Y por qué no?
- ¿Bromeas, verdad?
- ¿Me ves cara de estar bromeando?
- ¿Entonces la interpretación y el guión de forma independiente no son adecuadas para valorar la calidad de una película pero si lo son los actores que trabajen en ellas?
- ¿Se supone que eso lo dices tú o lo digo yo?
- ¿Entonces, para tí es lo mismo el Club de la Lucha que Sr. Y Sra. Smith?
- ¿Acaso estás comparando a Helena Boham Carter con Angelina Jolie?
- ¿Tú de qué porqueriza has salido?
- ¿Acaso no digo la verdad?
- Pero, pero ¿cómo se me ocurre?
- ¿Pero a qué viene todo esto?
- ¿En serio no eres consciente?
- ¿Consciente de qué? ¿Acaso hay algo de malo en que no me preocupe por ver cosas como Entrevista con el Vampiro?
- ¿Entonces no la has visto?
- ¿En algún momento he dicho yo que sí?
- ¿Y por qué coño no la alquilamos y nos vamos ya de aquí? El dependiente lleva media hora mirándonos.
- Vale. Cógela y vámonos.

martes, 29 de enero de 2008

Capítulo 73 - Homero el rapero

Homero era un cegato
de la Antigua Grecia
que entre pueblo y pueblo
pasaba el rato.

Contaba unas historias
la hostia de curiosas
sobre grandes Griegos
y alguna que otra cosa.

La Eneida y la Odisea
fueron los dos triunfos
de este invidente
producto de Atenea.

La épica su magia,
el ritmo su canción.
Él y sus hexámetros
causaban sensación.

¡Homero era un rapero!
¡Homero era un rapero!
¡Homero era un rapero!
¿o te estoy tomando el pelo?

Yeah...

lunes, 14 de enero de 2008

Capítulo 72 - Pasos Trébol para piratear tu ordenador

La fórmula es bien sencilla. Consta de 4 pasos que son los siguientes:
  1. Sustituye el ratón por un loro.
  2. Parchea todos tus archivos.
  3. Embotella todo el "ROM".
  4. ¡A navegar!

lunes, 24 de diciembre de 2007

Capítulo 71 - El soldado olvidado

Cansado, anciano y solitario, dibuja antiguas estrategias en el suelo del metro con la punta de su paraguas. Con su gabardina llena de galones que le recuerdan épocas mejores que su mente nunca dejó atrás, se escapa de la realidad y piensa en su juventud, en los años de la guerra, y en los buenos tiempos de Franco.
El trequeteo de metro en la vía le mantiene encerrado en su mente con un dulce acompañamiento hasta que un bache, más pronunciado de lo normal, le devuelve a la realidad: viejo, cansado e incomprendido.
Observa a su alrededor: Todos jóvenes desperdiciados. Irrespetuosos, vanos, inútiles, inferiores. No saben nada de la vida y creen ser sus reyes, pero en este país sólo hay un rey y ellos no son él. Cada rostro es peor, perdidos, maricones, cobardes, enclenques, desaprensivos. Ni uno sólo podría pasar por lo que él paso. Él es mucho mejor.
El anciano sonrie levemente, bajando al anden, abandonando el metro, y comienza a silbar viejas canciones de los tiempos de gloria.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Capítulo 70 - Vejez

Y ya, cansado de una larga vida,
quedó satisfecho y relajado.
Se deshizo de ropajes lacerados,
de su pelo y piel ennegrecida.
Arrojó sus pensamientos,
pues ya le eran inútiles.
Recuerdos infantiles,
olvidó cosas a cientos.
Viajó a tierras altas,
inexpugnables, solitarias.
Purgó todas sus faltas.
Solo ante el mundo
quedó convertido en piedra.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Capítulo 69 - Dechen

Sus padres eran unos yuppies, cosmopolitas sin escrúpulos que lo daban todo por su trabajo. Por desgracia, su pasión, el trabajo, les traicionó. Fracasaron laboralmente y quedaron destruidos a nivel moral.
Entonces, comenzaron a recorrer el mundo, buscándose a sí mismos, trataban de encontrar su nuevo lugar en el mundo. Fueron desde Islandia hasta Acapulco y desde allí hasta Ontario; pasaron por Camberra, Tijuana, Sudáfrica, Corea y multitud de sitios más; finalmente, llegaron al Tibet. Allí se sintieron reconfortados y encontraron su lugar.
Se establecieron en el interior de España, en la zona rural. Allí, construyeron una granja de pollos y fundaron un hogar para su recien concebida hija: Dechen. Su nombre, proviniente del tibetano significaba "Gran dicha". No sabían, al ponerle este nombre, cuán irónico resultaría.
La muchacha pasó la juventud en soledad. Cuando comenzó a ir al colegio de el pueblo más cercano, los demás niños la aceptaron y jugó con ellos, pero no tardaron en huir siquiera dos semanas: la niña tenía una personalidad tan absorbente y agotadora que ninguna persona, salvo sus padres que la ignoraban por inercia, podía soportar el agotamiento que suponía su presencia. Apaliaba ella esta soledad jugando con los pollos a los que perseguía hasta la extenuación y después estrujaba entre sus fornidos brazos.
A medida que crecía, por influencia de sus padres, aun yuppies en sus almas, sustituyo a las gallinas agotadas por los libros y el trabajo duro. Estudió con esmero durante todos los días del año y fue refinando su educación. No obstante, su escaso conocimento del mundo más allá de sí misma, sus padres, las gallinas y sus libros -que como ella sabía eran sólo libros-, le hacían sumamente inocente a cualquier influencia externa.
Por influencia victoriana, tal vez de Jane Austen o de algún otro, comenzó a preocuparse por su aspecto y posición y drásticamente, consentida por sus padres, paso de manceba de pueblo a dama rural.
Y esa era su imagen al final de la adolescencia: una joven y fornida muchacha de aspecto cuidado a la vez que algo burdo que buscaba una posición social más allá de la granja de sus padres, para poder desposarse con algún buen señor. Se sirvió de buenos modales y coraje y salió al mundo a cumplir su cometido.
Fue aquí cuando se cruzó en mi camino, en las tierras de ultramar, allá en el norte. Se la veía confiada, cierto. Se la veía educada, también, cierto. Pero su presencia desvelaba otras certezas más profundas. Ni su educación, ni sus intenciones le otorgaban inteligencia y carisma personal. Tratar con ella era como tratar con una cuarentona de 7 años que carecía de inteligencia, como un cacahuete, y llegaba a exprimirte hasta un punto que eras incapaz de ridiculizar.
El contacto con ella fue breve, a Dios gracias, pero su marca perdura y ha dejado una idea grabada a fuego en mi mente:

Dechens del mundo unios, soportaos y desapareced.