Homero era un cegato
de la Antigua Grecia
que entre pueblo y pueblo
pasaba el rato.
Contaba unas historias
la hostia de curiosas
sobre grandes Griegos
y alguna que otra cosa.
La Eneida y la Odisea
fueron los dos triunfos
de este invidente
producto de Atenea.
La épica su magia,
el ritmo su canción.
Él y sus hexámetros
causaban sensación.
¡Homero era un rapero!
¡Homero era un rapero!
¡Homero era un rapero!
¿o te estoy tomando el pelo?
Yeah...
martes, 29 de enero de 2008
lunes, 14 de enero de 2008
Capítulo 72 - Pasos Trébol para piratear tu ordenador
La fórmula es bien sencilla. Consta de 4 pasos que son los siguientes:
- Sustituye el ratón por un loro.
- Parchea todos tus archivos.
- Embotella todo el "ROM".
- ¡A navegar!
lunes, 24 de diciembre de 2007
Capítulo 71 - El soldado olvidado
Cansado, anciano y solitario, dibuja antiguas estrategias en el suelo del metro con la punta de su paraguas. Con su gabardina llena de galones que le recuerdan épocas mejores que su mente nunca dejó atrás, se escapa de la realidad y piensa en su juventud, en los años de la guerra, y en los buenos tiempos de Franco.
El trequeteo de metro en la vía le mantiene encerrado en su mente con un dulce acompañamiento hasta que un bache, más pronunciado de lo normal, le devuelve a la realidad: viejo, cansado e incomprendido.
Observa a su alrededor: Todos jóvenes desperdiciados. Irrespetuosos, vanos, inútiles, inferiores. No saben nada de la vida y creen ser sus reyes, pero en este país sólo hay un rey y ellos no son él. Cada rostro es peor, perdidos, maricones, cobardes, enclenques, desaprensivos. Ni uno sólo podría pasar por lo que él paso. Él es mucho mejor.
El anciano sonrie levemente, bajando al anden, abandonando el metro, y comienza a silbar viejas canciones de los tiempos de gloria.
El trequeteo de metro en la vía le mantiene encerrado en su mente con un dulce acompañamiento hasta que un bache, más pronunciado de lo normal, le devuelve a la realidad: viejo, cansado e incomprendido.
Observa a su alrededor: Todos jóvenes desperdiciados. Irrespetuosos, vanos, inútiles, inferiores. No saben nada de la vida y creen ser sus reyes, pero en este país sólo hay un rey y ellos no son él. Cada rostro es peor, perdidos, maricones, cobardes, enclenques, desaprensivos. Ni uno sólo podría pasar por lo que él paso. Él es mucho mejor.
El anciano sonrie levemente, bajando al anden, abandonando el metro, y comienza a silbar viejas canciones de los tiempos de gloria.
jueves, 29 de noviembre de 2007
Capítulo 70 - Vejez
quedó satisfecho y relajado.
Se deshizo de ropajes lacerados,
de su pelo y piel ennegrecida.
Arrojó sus pensamientos,
pues ya le eran inútiles.
Recuerdos infantiles,
olvidó cosas a cientos.
Viajó a tierras altas,
inexpugnables, solitarias.
Purgó todas sus faltas.
Solo ante el mundo
quedó convertido en piedra.
domingo, 25 de noviembre de 2007
Capítulo 69 - Dechen
Sus padres eran unos yuppies, cosmopolitas sin escrúpulos que lo daban todo por su trabajo. Por desgracia, su pasión, el trabajo, les traicionó. Fracasaron laboralmente y quedaron destruidos a nivel moral.
Entonces, comenzaron a recorrer el mundo, buscándose a sí mismos, trataban de encontrar su nuevo lugar en el mundo. Fueron desde Islandia hasta Acapulco y desde allí hasta Ontario; pasaron por Camberra, Tijuana, Sudáfrica, Corea y multitud de sitios más; finalmente, llegaron al Tibet. Allí se sintieron reconfortados y encontraron su lugar.
Se establecieron en el interior de España, en la zona rural. Allí, construyeron una granja de pollos y fundaron un hogar para su recien concebida hija: Dechen. Su nombre, proviniente del tibetano significaba "Gran dicha". No sabían, al ponerle este nombre, cuán irónico resultaría.
La muchacha pasó la juventud en soledad. Cuando comenzó a ir al colegio de el pueblo más cercano, los demás niños la aceptaron y jugó con ellos, pero no tardaron en huir siquiera dos semanas: la niña tenía una personalidad tan absorbente y agotadora que ninguna persona, salvo sus padres que la ignoraban por inercia, podía soportar el agotamiento que suponía su presencia. Apaliaba ella esta soledad jugando con los pollos a los que perseguía hasta la extenuación y después estrujaba entre sus fornidos brazos.
A medida que crecía, por influencia de sus padres, aun yuppies en sus almas, sustituyo a las gallinas agotadas por los libros y el trabajo duro. Estudió con esmero durante todos los días del año y fue refinando su educación. No obstante, su escaso conocimento del mundo más allá de sí misma, sus padres, las gallinas y sus libros -que como ella sabía eran sólo libros-, le hacían sumamente inocente a cualquier influencia externa.
Por influencia victoriana, tal vez de Jane Austen o de algún otro, comenzó a preocuparse por su aspecto y posición y drásticamente, consentida por sus padres, paso de manceba de pueblo a dama rural.
Y esa era su imagen al final de la adolescencia: una joven y fornida muchacha de aspecto cuidado a la vez que algo burdo que buscaba una posición social más allá de la granja de sus padres, para poder desposarse con algún buen señor. Se sirvió de buenos modales y coraje y salió al mundo a cumplir su cometido.
Fue aquí cuando se cruzó en mi camino, en las tierras de ultramar, allá en el norte. Se la veía confiada, cierto. Se la veía educada, también, cierto. Pero su presencia desvelaba otras certezas más profundas. Ni su educación, ni sus intenciones le otorgaban inteligencia y carisma personal. Tratar con ella era como tratar con una cuarentona de 7 años que carecía de inteligencia, como un cacahuete, y llegaba a exprimirte hasta un punto que eras incapaz de ridiculizar.
El contacto con ella fue breve, a Dios gracias, pero su marca perdura y ha dejado una idea grabada a fuego en mi mente:
Entonces, comenzaron a recorrer el mundo, buscándose a sí mismos, trataban de encontrar su nuevo lugar en el mundo. Fueron desde Islandia hasta Acapulco y desde allí hasta Ontario; pasaron por Camberra, Tijuana, Sudáfrica, Corea y multitud de sitios más; finalmente, llegaron al Tibet. Allí se sintieron reconfortados y encontraron su lugar.
Se establecieron en el interior de España, en la zona rural. Allí, construyeron una granja de pollos y fundaron un hogar para su recien concebida hija: Dechen. Su nombre, proviniente del tibetano significaba "Gran dicha". No sabían, al ponerle este nombre, cuán irónico resultaría.
La muchacha pasó la juventud en soledad. Cuando comenzó a ir al colegio de el pueblo más cercano, los demás niños la aceptaron y jugó con ellos, pero no tardaron en huir siquiera dos semanas: la niña tenía una personalidad tan absorbente y agotadora que ninguna persona, salvo sus padres que la ignoraban por inercia, podía soportar el agotamiento que suponía su presencia. Apaliaba ella esta soledad jugando con los pollos a los que perseguía hasta la extenuación y después estrujaba entre sus fornidos brazos.
A medida que crecía, por influencia de sus padres, aun yuppies en sus almas, sustituyo a las gallinas agotadas por los libros y el trabajo duro. Estudió con esmero durante todos los días del año y fue refinando su educación. No obstante, su escaso conocimento del mundo más allá de sí misma, sus padres, las gallinas y sus libros -que como ella sabía eran sólo libros-, le hacían sumamente inocente a cualquier influencia externa.
Por influencia victoriana, tal vez de Jane Austen o de algún otro, comenzó a preocuparse por su aspecto y posición y drásticamente, consentida por sus padres, paso de manceba de pueblo a dama rural.
Y esa era su imagen al final de la adolescencia: una joven y fornida muchacha de aspecto cuidado a la vez que algo burdo que buscaba una posición social más allá de la granja de sus padres, para poder desposarse con algún buen señor. Se sirvió de buenos modales y coraje y salió al mundo a cumplir su cometido.
Fue aquí cuando se cruzó en mi camino, en las tierras de ultramar, allá en el norte. Se la veía confiada, cierto. Se la veía educada, también, cierto. Pero su presencia desvelaba otras certezas más profundas. Ni su educación, ni sus intenciones le otorgaban inteligencia y carisma personal. Tratar con ella era como tratar con una cuarentona de 7 años que carecía de inteligencia, como un cacahuete, y llegaba a exprimirte hasta un punto que eras incapaz de ridiculizar.
El contacto con ella fue breve, a Dios gracias, pero su marca perdura y ha dejado una idea grabada a fuego en mi mente:
Dechens del mundo unios, soportaos y desapareced.
domingo, 18 de noviembre de 2007
Capítulo 68 - Última voluntad
Cuenta la tradición, que el maestro napolitano Gregor C. Hüssendolfer, en su lecho de muerte, mandó llamar a sus discípulos. Éstos, que eran cuatro, acudieron rápidamente con excepción de uno, Christofer Void, el menor de todos ellos, que no se presentó.
Así pues, Hüssendolfer invitó a tarta a tres de sus discípulos y, acto seguido, mandolos a por el cuarto. Hüssendolfer no moriría sin ver primero a sus cuatro discipulos.
El mayor de los discípulos, William Schnell, conocedor de los secretos del agua y el listín telefónico, no pensó ni cinco minutos para decidir visitar los burdeles próximos. No es que Void soliera pasar su tiempo allí. Lo cierto era que Schnell, tras sus cincos minutos de intensa búsqueda espiritual, se sentía agotado y había decidido hacer un alto en su camino para descansar en algún burdel.
El segundo, no con más vitalidad, era conocido como Kurt "Sapiente" Harris. Se había ganado el título de "Sapiente" no por sus extensos conocimientos -de los que carecía-, sino por un defecto en el habla que producía la apertura excesiva de las "e" en algunas ocasiones. Para colmo, el muchacho, que había visto mundo, llevaba tatuada en la espalda una "sapiente" de cascabel. Se le consideraba capaz en... se le consideraba in-capaz. Por lo tanto, de acuerdo con esta consideración, "Sapiente" optó por quedarse y buscar a Void entre el merengue y mientras tanto, comer más tarta.
El tercer discípulo, tenía dos dedos de frente y su nombre era UNO. La explicación a este nombre es que fue "Un Niño Obediente" lo que pidieron sus padres en la carta a los Reyes Magos cuando él fue concebido y, en honor a sus majestades, así fue bautizado. Era quizá el más sabio de los cuatro aunque también el que tenía menos iniciativa. Estas cualidades le hacían el mejor para adquirir el pesado conocimiento de las piedras. Como UNO que era, él sí fue en busca de Void.
Encontrolo en la plaza, con el sacerdote, Marcus Prego. Debatían acaloradamente sobre ponerse a la sombra pero no hallaron resuelta su disputa pues UNO, que en su juventud siempre había sido amable, había crecido y Void fue cogido por el pescuezo y arrastrado hasta su maestro.
Cuando llegaron "Sapiente" daba saltos y exclamaba: "¡Lo encontré, lo encontré, aquí estaba!", por la puerta apareció Schnell, ya satisfecho. Pero Hüssendolfer llevaba muerto un rato. Se cansó y abrió los ojos, tomo aire... y sopló, ¿qué iba a hacer si no? Después de soplar, dijo:
- Mis queridos discipulos... Después de tanto tiempo, es un placer conoceros.
Y entonces el maestro napolitano pereció, ahora en serio, y, aquella noche, sus discípulos cenaron napolitanas.
Así pues, Hüssendolfer invitó a tarta a tres de sus discípulos y, acto seguido, mandolos a por el cuarto. Hüssendolfer no moriría sin ver primero a sus cuatro discipulos.
El mayor de los discípulos, William Schnell, conocedor de los secretos del agua y el listín telefónico, no pensó ni cinco minutos para decidir visitar los burdeles próximos. No es que Void soliera pasar su tiempo allí. Lo cierto era que Schnell, tras sus cincos minutos de intensa búsqueda espiritual, se sentía agotado y había decidido hacer un alto en su camino para descansar en algún burdel.
El segundo, no con más vitalidad, era conocido como Kurt "Sapiente" Harris. Se había ganado el título de "Sapiente" no por sus extensos conocimientos -de los que carecía-, sino por un defecto en el habla que producía la apertura excesiva de las "e" en algunas ocasiones. Para colmo, el muchacho, que había visto mundo, llevaba tatuada en la espalda una "sapiente" de cascabel. Se le consideraba capaz en... se le consideraba in-capaz. Por lo tanto, de acuerdo con esta consideración, "Sapiente" optó por quedarse y buscar a Void entre el merengue y mientras tanto, comer más tarta.
El tercer discípulo, tenía dos dedos de frente y su nombre era UNO. La explicación a este nombre es que fue "Un Niño Obediente" lo que pidieron sus padres en la carta a los Reyes Magos cuando él fue concebido y, en honor a sus majestades, así fue bautizado. Era quizá el más sabio de los cuatro aunque también el que tenía menos iniciativa. Estas cualidades le hacían el mejor para adquirir el pesado conocimiento de las piedras. Como UNO que era, él sí fue en busca de Void.
Encontrolo en la plaza, con el sacerdote, Marcus Prego. Debatían acaloradamente sobre ponerse a la sombra pero no hallaron resuelta su disputa pues UNO, que en su juventud siempre había sido amable, había crecido y Void fue cogido por el pescuezo y arrastrado hasta su maestro.
Cuando llegaron "Sapiente" daba saltos y exclamaba: "¡Lo encontré, lo encontré, aquí estaba!", por la puerta apareció Schnell, ya satisfecho. Pero Hüssendolfer llevaba muerto un rato. Se cansó y abrió los ojos, tomo aire... y sopló, ¿qué iba a hacer si no? Después de soplar, dijo:
- Mis queridos discipulos... Después de tanto tiempo, es un placer conoceros.
Y entonces el maestro napolitano pereció, ahora en serio, y, aquella noche, sus discípulos cenaron napolitanas.
sábado, 17 de noviembre de 2007
Capítulo 67 - ¿Qué tal?
- ¿Dónde están las llaves?
- Están dónde las dejaste la última vez.
- ¿Qué vez?
- La siguiente a la última que recuerdas. No olvides que ayer saliste.
- Ya. ¿Y dónde era eso?
- No lo sé, fuiste tú el que salió.
- Digo que dónde dejé las llaves.
- Donde quiera que estén las llaves.
- Bien. Eres de mucha ayuda...
- ¿Las ves ya?
- No, las llaves. No las encuentro.
- Mira a ver en la puerta.
- Eso tiene sentido.
- Sí. Hacia dentro.
- Pues no, aquí no están.
- Mira en el cerrojo.
- Aquí dentro sólo hay oscuridad.
- Pues entonces no están.
- ¿Y quién las tiene?
- El cerrojo no.
- ¿Te hace gracia?
- No. El cerrojo es alguien muy serio.
- ¿Eso es un sí?
- Es un cerrojo.
- Debería ser yo el que te cerrara el ojo...
- No, tú deberías encontrar las llaves...
- ¿Por qué?¿Qué hora es?
- La hora de recordar.
- ¡Pero que ya te digo que no sé dónde están las llaves!
- Me refiero al reloj, se está quedando sin cuerda... Ya. Las 9:35
- Llego tarde.
- Bienvenido.
- Ahora me marcho.
- ¿Y me dejas aquí con él?
- ¿Con quén?
- No, nada. ¿Y las llaves?
- ¿Qué?
- ¿Las tienes ya?
- No.
- Vale.
- Adiós.
- Adiós... ¿Y tú qué tal?
- Están dónde las dejaste la última vez.
- ¿Qué vez?
- La siguiente a la última que recuerdas. No olvides que ayer saliste.
- Ya. ¿Y dónde era eso?
- No lo sé, fuiste tú el que salió.
- Digo que dónde dejé las llaves.
- Donde quiera que estén las llaves.
- Bien. Eres de mucha ayuda...
- ¿Las ves ya?
- No, las llaves. No las encuentro.
- Mira a ver en la puerta.
- Eso tiene sentido.
- Sí. Hacia dentro.
- Pues no, aquí no están.
- Mira en el cerrojo.
- Aquí dentro sólo hay oscuridad.
- Pues entonces no están.
- ¿Y quién las tiene?
- El cerrojo no.
- ¿Te hace gracia?
- No. El cerrojo es alguien muy serio.
- ¿Eso es un sí?
- Es un cerrojo.
- Debería ser yo el que te cerrara el ojo...
- No, tú deberías encontrar las llaves...
- ¿Por qué?¿Qué hora es?
- La hora de recordar.
- ¡Pero que ya te digo que no sé dónde están las llaves!
- Me refiero al reloj, se está quedando sin cuerda... Ya. Las 9:35
- Llego tarde.
- Bienvenido.
- Ahora me marcho.
- ¿Y me dejas aquí con él?
- ¿Con quén?
- No, nada. ¿Y las llaves?
- ¿Qué?
- ¿Las tienes ya?
- No.
- Vale.
- Adiós.
- Adiós... ¿Y tú qué tal?
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