domingo, 24 de junio de 2012

Te extraño.

Te extraño y estoy perdido.

Es extraño que te extrañe tal día como hoy, cuando nada en mi vida es como era y cuando hace ya ocho años que no puedo saber de ti. Te extraño porque nunca te tuve y porque sé, o igual simplemente sueño, que contigo habría sido mucho más fuerte. Te extraño aquí, y no en otro lugar, porque aquí mis palabras se pierden y puedo gritar tan alto como quiera que te echo de menos. Porque me da miedo, incluso pavor, hablar de ti con nadie. No quiero que el mundo sepa lo duro que me resulta afrontar tu pérdida y lo duro que me resulta no saber quién eras. Que no puedo sino callarme y llorar porque nunca podré saber quien eras, porque no me atreveré a preguntarlo porque ese es el mayor de mis miedos.
Si imagino conversaciones que nada dicen y nada aportan, si echo de menos todo lo que formó parte de tu vida que ya no forma parte de la mía, si me reconcome la naturalidad del mundo que sigue girando y las cosas que continúan cuando yo no puedo ver tu pelo rubio y tus ojos claros, cuando tu nombre me mata y esa Y me irrita.

Es injusto, claro que es injusto. No recuerdo el sonido de tu voz. Nunca conoceré a vuestros hijos, con los que me encantaría compartir tu tiempo. Porque 15 años no son edad para perder a nadie que apenas has conocido y perfectamente recuerdas. Porque pocas cosas de ti pueden hacerme sonreír y toda mi ignorancia es un lastre, atado en lo más profundo de mi alma.

Quiero saber de ti, quiero tenerte conmigo y no quiero que seas una foto que adoro o un recuerdo que guardo. Quiero que riamos juntos y que estemos en desacuerdo. Que me des lecciones de vida y que me invites a una copa. Nunca se me dio bien abrirme a mi familia, lo admito. Quiero soñar que contigo habría sido distinto. Creo que lo habría sido, y quizás eso sea lo más doloroso. Porque te quiero, te quiero infinitamente y me da una vergüenza terrible ser abierto y vulnerable, porque yo siempre soy impasible y tú destrozas mi mundo. Tú no, tu ausencia.

Te quiero. Mi imaginación me hace quererte tanto que jamás podré separarme de tu recuerdo. No quiero hacerlo. Quiero llevar esa foto en mi vida el resto de mis días. Y justo aquí, a miles de kilómetros de donde te fuiste, no tengo nada que me recuerde a ti. Solo una canción de algo que sé por otros y que para mí siempre tendrá magia, porque es una cosa que sé de ti, que te dibuja risueña y optimista. Porque yo nunca oí hablar del duende, ni me gusta tan siquiera ese concepto. Pero tú eras todo magia, todo fuerza y yo te tendré siempre, en mi pecho arrinconada, solo para llorarte el día que haga falta.

martes, 2 de septiembre de 2008

Capítulo 84 - Manolo

Se llamaba Manuel Molina pero a él siempre le gustó que le llamaran Manolo.

Nació en un buen barrio de Madrid allá por los años cincuenta y tanto su infancia como su vida en general siempre fueron marcadas por el desastre y el desánimo de no tener ninguna meta. Pero hoy no vamos a hablar de cómo fue la vida de Manolo, ni cómo sobrevivió. Tampoco hablaremos de cómo, sustentado por su hermano y la sustancial herencia que sus padres le dejaron, este hombre, amigo del vagabundeo y las drogas blandas (especialmente el alcohol), convirtió estos elementos en su única familia, con excepción de su hermano. No hablaremos de nada de eso. No. Hablaremos de su leyenda, de cómo guiado sólo por su imaginación y autoconvicción Manolo se reinventó a sí mismo y vivió una vida propia del mayor de los señores.

Manolo nació el 4 de Julio de 1956 en Miami, Florida: el glorioso Día de la Independencia estadounidense. Era el hijo de un rico empresario madrileño y su esposa, natural de Mallorca, que emigraron a Florida allá por 1947.

Su padre hizo rápidamente una fortuna por una carrera plagada de oportunidades para un hombre trabajador como él era y permitió a toda su familia llevar una vida muy cómoda. Pero la infancia de Manolo no sólo estuvo marcada por la comodidad: también por su carácter independiente que hacía honor a la fecha de su nacimiento. Siempre iba inquieto de un lado para otro, conociendo el mundo con mirada interrogante, como si de un alumno del mismísimo Sócrates se tratara.

Al llegar a la adolescencia, exactamente en el verano de 1971, contando él con catorce años, y estando a punto de cumplir los quince, Manolo viajó a Mallorca con su familia. Tierra de la que rápidamente se enamoraría. Durante más de cinco años, fueron frecuentes los viajes de la familia a tierras españolas tanto a Mallorca como a Madrid.

Fue en estas edades cuando Manolo empezó a preocuparse por su aspecto. Siempre pretendía hacer gala de un porte señorial que sin duda se atribuía. Presumía de la pulcritud de sus zapatos y sus uñas. Con los años, este porte no desapareció. Sus uñas y sus zapatos seguían impecables, pero algunas de sus peculiaridades se deformaron en extravagancias. Llevaba el aspecto sumamente cuidado de alguien desaliñado, como si de un artista o un filósofo se tratara. Su barba crecía con un cuidado pocas veces apreciadas. Pero lo más extraño de su apariencia era su mochila. Siempre llevaba su mochila repleta de lectura, herramientas básicas de higiene y alguna cosa más. Cuando le preguntaban por esta costumbre siempre respondía entre risas: “¿Qué es un cerebro sino una mochila?”

A la edad de veinticuatro años, ya con su aspecto desaliñado pero aun sin barba, tanto Manolo como su hermano, inmigraron allí donde sus padres habían emigrado. Su hermano se estableció en Madrid donde no tardaría en abrir la que sería la tercera mejor marisquería de Madrid, situada en Rivas Vaciamadrid.

Manolo, por su parte, se fue a Mallorca donde consiguió trabajo en el prestigioso restaurante Roche como Jefe de camareros. No obstante, este trabajo no fue más que algo eventual, un trabajo al que recurriría cuando quisiera volver a la rutina. En todos estos años, Manolo mantuvo su actitud interrogante ante el mundo, devorando a cuanta información tenía acceso y no se contentó con estar quieto en ninguna parte, pasando su vida entre Miami, Mallorca y Madrid principalmente, pero también quería recorrer muchos más lugares, por eso siempre llevaba consigo unos mapas de carretera que compró un día en un quiosco.

Otra de sus extravagantes costumbres eran sus libros. Tenía tres libros que siempre llevaba consigo en la mochila: “Uno para cada transporte.” decía. Se trataban de dos libros sobre filosofía. Una filosofía que había cultivado extensamente en sus múltiples lecturas. El tercero era una novela de la literatura española clásica, fruto de la tierra que le había enamorado.

Se convirtió en una enciclopedia andante capaz de ilustrar a cualquiera con las auténticas citas de antiguos y modernos filósofos, la cantidad de casas desocupadas en Madrid o las manchas que se dibujaron para la película 101 Dálmatas. Gracias a los contactos de su padre, conoció a grandes figuras de Hollywood, como Woody Allen; y a gran cantidad de expertos en artes marciales, como Jackie Chan, Chuck Norris o Steven Seagal, de quien llegó a recibir clases.

Se obsesionó con la adquisición del saber y se vanagloriaba de conocer a una persona sólo con verla pasar. Continuamente trataba de buscarle el sentido a las cosas planteando continuas tesis que nunca desarrollaría.

Y al final, todo lo que quería Manolo, nuestro Manolo nacido en Madrid, era una cerveza.

lunes, 18 de agosto de 2008

Capítulo 83 - Hasta las narices

Yo nací hasta las narices y he vivido mi vida hasta las narices. Esa es la pura verdad.
No hago referencia a mi estado de ánimo, sino a la cruda realidad: durante el parto me quedé enganchado con mi prominente nariz en la cadera y no salía más. La pobre mujer tuvo tan mala suerte como yo y es que en mi nariz de ingentes proporciones el tabique ocupa todo lo que abarca la vista haciendo casi nulo la zona cartilaginosa. Total que tuvieron que sacarme por cesárea y, una vez fuera, cuando los médicos vieron mi nariz, hubo dos sustos. Uno producido por mi exhubertante apéndice nasal y otro, consecuencia del primero, cuando el doctor me dejó caer de sus manos.
Por suerte, yo, que olía el peligro, tuve la suficiente habilidad como para sujetarme a la esquina de la mesa del instrumental con un orificio nasal. Y allí colgado y sin apenas un minuto de vida, comenzó a darme en la nariz que mi vida estaría llena de sobresaltos.
No me equivocaba. Mi vida resultó ser un cúmulo de ese tipo de situaciones que le hacen a uno dar un respingo.
Aun recuerdo aquella vez que mi madre me llevó al parque acuático. Pese a no gustarme mucho nadar (el agua siempre se me mete en la nariz), mi madre siempre solía llevarme a ese tipo de sitios. me decía que me pusiera en pie y ella se tumbaba a la sombra. De todas formas, ese día estaba muy ilusionado, aquel lugar estaba lleno de toboganes, tubos y cascadas que parecían muy divertidas. La verdad es que no llegué a comprobarlo. A esa edad, ya había aprendido que para subir a los toboganes de espaldas para no golpearme la nariz con los escalones. De hecho, era tal la habilidad que tenía en esto que era capaz de subir de espaldas más rápido de lo que muchos niños lo hacían al derecho.
El caso es que sabía cómo debía subir las escaleras, pero nadie me había explicado la mecánica de los cilindros y acabé por descubrirlo yo mismo cuando me lancé sin dudarlo por aquel tubo: mi cuerpo, pies, piernas, espalda, brazos y demás comenzaron a deslizarse pero cesaron bruscamente cuando mi nariz se dió cuenta de que los cilindros son algo cerrado.
Ni más ni menos que 5 horas estuve metido hasta las narices en aquel tubo. Al principio los niños hicieron cola, después se quejaron, después decidieron que no importaba y empezaron a deslizarse por mi tabique. Fue mi madre quien, preocupada por mí, se enteró de mis situación y llamó al socorrista del parque acuático que acudió enseguida. Recuerdo perfectamente su voz:
- ¡El criajo de las narices! ¿Por qué estas cosas sólo me pasan a mí?
No sé a que se refería el que estaba allí atrapado era yo, no él. En cualquier caso, tardaron tanto tiempo en sacarme porque, en primer lugar, decian preocuparles sacarme tirando de la cabeza, pues podría hacerme daño en el cuerpo. Sin embargo, yo creo que el hecho de que los niños consideraran mi nariz el tobogán más divertido fue algo que influyo en el retraso. Al final, haciendo una escalera humana a lo largo del tubo me sacaron empujando desde abajo.
Ya con esto tome absoluta conciencia de que allá a donde fuera necesitaría ir preparado, por eso ahora siempre llevo conmigo un paquete de pañuelos Rabbit, porque sólo ellos me dan la seguridad que necesito.

jueves, 7 de agosto de 2008

Capítulo 82 - Experiencia

No hacía nada en particular. Unicamente se dedicaba a estar. Entonces, sonó un leve chasquido y la puerta se abrió. ¿La puerta se abrió? No podía ser. Corrió cuanto pudo desde donde se encontraba hasta la entrada y a medio camino se lo encontró de bruces: en efecto, era él. Al fin de vuelta.
Estaba sucio, desaliñado y olía mal. Había adelgazado, mucho. Se le veía como a un espantapájaros con ropa vieja. Tenía una barba más que incipiente que se confundía con su pelo encrespado, ocultando para el espectador menos atento su clásica mueca de circustancia. Su piel se había tostado, más bien se había quemado para dar paso, tiempo después, a un moreno intenso. En el suelo, apenas unos pasos a su espalda estaba tendida su enorme mochila. Mantenía su pose, esa que le hacía inconfundible. Era muy probable que fuera él:

- ¡Has vuelto!
- Así es.
- ¿Por qué no llamaste? ¿Cuánto hace que te fuiste? ¿Un año?
- Más o menos un año, sí. Pensaba llamar, pero luego pensé que no.
- ¿Y qué tal ha ido?
- No lo sé...
- Cuéntame qué es lo que has hecho, lo que has aprendido. Quiero saberlo todo.
- Eso mismo quería yo. Lo hice todo. Fui a todas partes y a ninguna. He vivido experiencias que nunca pensé que viviría y he visto cosas que no pensaba que pudieran existir. He tenido toda clase de vivencias nuevas. Cosas que quería hacer y cosas que no, pero cosas que necesitaba. He tenido momentos de autentica miseria y momentos de felicidad plena. Pero ahora que he vuelto, tras todo esto, me veo siendo el mismo gilipollas. No he avanzado nada, sigo igual de ciego. Soy el mismo que se fue: igual de cansado.
- Yo creo que has cambiado.
- Sabes que nunca me ha importado lo que pienses.
- Lo sé, pero has cambiado.
- Supongo que tendrás razón. Al fin y al cabo, tú eres mi presente.

viernes, 2 de mayo de 2008

Capítulo 81 - Maldito código penal

Este tío acaba de ganarse toda mi simpatía.



Estamos perdiendo el norte...

lunes, 28 de abril de 2008

Capítulo 80 - Castillo

Hay una cosa en las personas que es tan inestable como un castillo (de naipes). El más minimo temblor puede derribar este castillo (de naipes) y, al caer las infraestructuras del castillo (fortaleza de piedra), resultas aplastado por cascotes, vigas, rocas. Toda la protección que los muros del castillo (fortaleza de piedra) parecían darte se vuelve contra tí, hudiéndote, soterrándote, aplastándote. Sufres de hambre y sed deseando y rogando a dioses en los que no crees porque fuera otro castillo (de Hansel y Gretel). No recibirás ayuda ni ataque particular, pues estás en tu castillo (fortaleza inexpugnable). No sé cómo salir de la los cascotes de mi castillo (fortaleza de piedra), pero ojalá fuera tan sencillo como levantar las partes de un castillo (de naipes).

domingo, 30 de marzo de 2008

Capítulo 79 - Libro Suicida (Roto)

Era ya muy tarde y apenas lucía la vela. En un rincón entre lamentos se encontraba el libro, ajado. Se sentía mal, roto, destruido en su interior. No quería saber nada de nadie.
Justo embotado en ese pensamiento, vio a la tinta acercándose. No era la pluma ni la aguja: era precisamente la tinta, a la que menos quería ver. La odió por aparecer allí en ese momento, viéndole flaquear. Pensó que demasido mal lo pasaba en ese instante: totalmente derrumbado, carente de todo aliento, incapaz de tomar impulso. Estaba roto. Completamente roto. Había perdido aquéllo que más le importaba. Sin sentido y sin razón, y ya no volvería. No podía afrontarlo. La culpa era suya y lo sabía; cualquiera le diría que no, que era imposible: las casualidades no eran culpa de nadie y menos las que resultan tan trágicas. Esas que desde dentro te desgarran, desde el pecho hasta los ojos, tirantes, a punto de estallar, esperando que eso se rompa sin exito alguno. Odiaba a la tinta.

- ¿Qué es lo que quieres?
- No quiero nada. ¿Qué ocurre?
- Nada que te interese. Lárgate, por favor.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Sí, vete. Ambos sabemos que no te importa una mierda.
- Pero...

El libro no lo soportaba, quería que se largara de allí, estar sólo y romperse, literalmente, para poder dejar de sentir. Quería un puñal, clavado con violencia y resquebrajando su lomo. Sólo eso.
Ojalá pudiera.

- Tinta, tienes dos opciones o largarte o darme una paliza.
- ¿Qué estás diciendo?¿Pero cómo puedes decir tal barbaridad?
- Entonces lárgate.
- Pero... Joder, estás demente. ¿Cómo esperas que yo?
- Es muy sencillo: pégame una paliza o lárgate. Yo creo que lo que quieres es lo primero, salta a la vista, pero no te atreves. Siempre has sido una cobarde. Lárgate.

Mientras la tinta se retiraba, el libro deseó que le hubiera dado esa paliza. Que las páginas hubieran volado por la habitación, sus versos se hubieran perdido y no quedara ya nada de su ser más que las tapas gastadas y vacías, como deseaba que se encontrara su mente.

Y así pasó largo tiempo sufriendo, ansiando esa puñalada que le liberara para poder llorar en paz y entonces poder dejar atrás el pasado, con todas las malas experiencias y recuerdos. Olvidando los olores, colores, sonidos y sabores que le dolían en su interior, desde el pecho hasta los ojos. Romperse para dejar de estar roto.

Por desgracia esta vez no vino el nazi.

viernes, 28 de marzo de 2008

Capítulo 78 - Estrategia

- Bueno, repasemos el plan: El Objetivo se encotrará en Punto P del Lugar L el Día D a la Hora H. Ya conocéis el lugar: dado que tiene una sola entrada, debemos ser cautos. Entraremos todos a la vez. Johan, tú te quedarás oculto, junto a la entrada, para evitar la retirada del Objetivo. Los demás nos dividiremos: Frederic y Marla por la izquierda, Hans y Michael por la derecha, yo iré por el centro y tú, Tania, irás a caballo para dar la vuelta y cogerle por la retaguardia. Ya lo sabéis: silencio absoluto, si no, el plan no funcionará. Recordad, debemos llegar al Punto P al mismo tiempo. Creo que, con esta sencilla maniobra envolvente, no podrá escapar, y, cuando le tengamos, lo cortaremos en trocitos muy pequeños con nuestras espadas, que se teñirán de rojo. ¿Alguna pregunta?
- Pero... ¿Crees que nos dejarán?
-¿Dejarnos?¿Dejarnos qué?
- Ya sabes... Entrar.
- ¡Qué intenten impedírnoslo!
- Jefe, ¿de verdad es necesario?
- ¡Por supuesto!¡Es la única manera!
- Yo creo que en el Carrefour no nos dejan entrar con espadas, y, la verdad, dudo que esta vez se nos vaya a escapar la sandía.
- Claro que no, por mi estrategia.

jueves, 20 de marzo de 2008

Capítulo 77 - Málaga

Del 1 al 8 de Agosto. Sólo una semana. Una semana al año durante tres años. Eso son 21 días. Son 504 horas. Son 30.240 minutos. Son 1.814.400 segundo. 1.814.400 de más de 567.648.000 vividos. Siquiera un 1% y aun así valen más que la mayoría de segundos.

Puestos a hacer balance, esos días son un tesoro: más que un recuerdo o más que una experiencia. Es una definición: de la risa, la juventud, la amistad, el absurdo, la indecencia, la somnolencia fruto del sueño, los gritos, las vacaciones, los chistes, el yop, la sobrinísima, Guillermo Takata, té, helado, concierto, el número 3 (no 1, ni 2, 3), TÚUUUUUUUUUUUU, SÍ TÚUU, ensayos, Lamentos, Tiempo de fornicio, Ping Pong Italiano, la Jaca Trotona, fachadas rosas, Hüssendolfer, cortesía malagueña, Plaza Mayor, taichí y hasta yo.

Nunca podría decir cuál es la diferencia, pero sé que sin todo esto, yo ya no sería yo. Sería otro: quizá mejor, quizá peor, quizá lo mismo, pero no sería yo. Y me gusta como soy.

¡Qué la VALE sea contigo!

Capítulo 76 - Bosque

Con el batir de unas alas y el sonido del agua en su descenso, todo vibra repleto de vida.
La lagartija se tuesta al sol, en su roca; las flores se estiran y cantan a las abejas, como sirenas; las hojas caidas crujen al pasó del tejón, con su tonto pasear; el musgo crece en troncos y rocas, afanoso por volar; algún pez revolotea rio abajo, por el cauce serpenteante; y hasta los árboles gritan, emocianados con el día.
Los trinos en las copas, las briznas en el suelo, la pureza en su materia y hogar en su extensión. Todo hinchado, embadurnado y colorido por la luz. Luz que da la magia de la sombra en su contorno y la vida en su interior.

sábado, 23 de febrero de 2008

Capítulo 75 - Correcta Caperucita

EL CUENTO DE CAPERUCITA ROJA EN LENGUAJE POLÍTICAMENTE CORRECTO
PARA NIÑOS/AS POLÍTICAMENTE CORRECTOS/AS


Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

- Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.

- No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita:

- Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.

A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

- Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.

- Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.

- ¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

- Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

- Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.

- Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.

- Y... abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

- Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.

- ¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.

- ¿Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo? -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.

Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.


Fuente: http://www.1de3.com/portal/tablas/caperucita.htm

miércoles, 13 de febrero de 2008

Capítulo 74 - ¿Preguntas o afirmas?

- ¿Has visto Entrevista con el Vampiro?
- ¿Que si he visto Entrevista con el Vampiro? ¿Cómo puedes preguntarme eso?
- ¿Qué pasa? ¿Tan buena es que la ha visto todo el mundo?
- ¿A tí te parece buena?
- ¿Buena? ¿En cuanto a la interpretación o el diálogo?
- !!! ¿Te parece esa una distinción adecuada?
- ¿A tí no?
- ¿Desde cuándo las posibilidades interpretativas van separadas del guión?
- ¿Entonces no es una buena distinción?
- ¿Tú que crees?
- ... ¿Pero te gusta o no?
- ¿Me ves cara de disfrutar con Antonio Banderas y Brad Pitt?
- ¿Y esa sí es una distinción justa?
- ¿Y por qué no?
- ¿Bromeas, verdad?
- ¿Me ves cara de estar bromeando?
- ¿Entonces la interpretación y el guión de forma independiente no son adecuadas para valorar la calidad de una película pero si lo son los actores que trabajen en ellas?
- ¿Se supone que eso lo dices tú o lo digo yo?
- ¿Entonces, para tí es lo mismo el Club de la Lucha que Sr. Y Sra. Smith?
- ¿Acaso estás comparando a Helena Boham Carter con Angelina Jolie?
- ¿Tú de qué porqueriza has salido?
- ¿Acaso no digo la verdad?
- Pero, pero ¿cómo se me ocurre?
- ¿Pero a qué viene todo esto?
- ¿En serio no eres consciente?
- ¿Consciente de qué? ¿Acaso hay algo de malo en que no me preocupe por ver cosas como Entrevista con el Vampiro?
- ¿Entonces no la has visto?
- ¿En algún momento he dicho yo que sí?
- ¿Y por qué coño no la alquilamos y nos vamos ya de aquí? El dependiente lleva media hora mirándonos.
- Vale. Cógela y vámonos.

martes, 29 de enero de 2008

Capítulo 73 - Homero el rapero

Homero era un cegato
de la Antigua Grecia
que entre pueblo y pueblo
pasaba el rato.

Contaba unas historias
la hostia de curiosas
sobre grandes Griegos
y alguna que otra cosa.

La Eneida y la Odisea
fueron los dos triunfos
de este invidente
producto de Atenea.

La épica su magia,
el ritmo su canción.
Él y sus hexámetros
causaban sensación.

¡Homero era un rapero!
¡Homero era un rapero!
¡Homero era un rapero!
¿o te estoy tomando el pelo?

Yeah...

lunes, 14 de enero de 2008

Capítulo 72 - Pasos Trébol para piratear tu ordenador

La fórmula es bien sencilla. Consta de 4 pasos que son los siguientes:
  1. Sustituye el ratón por un loro.
  2. Parchea todos tus archivos.
  3. Embotella todo el "ROM".
  4. ¡A navegar!

lunes, 24 de diciembre de 2007

Capítulo 71 - El soldado olvidado

Cansado, anciano y solitario, dibuja antiguas estrategias en el suelo del metro con la punta de su paraguas. Con su gabardina llena de galones que le recuerdan épocas mejores que su mente nunca dejó atrás, se escapa de la realidad y piensa en su juventud, en los años de la guerra, y en los buenos tiempos de Franco.
El trequeteo de metro en la vía le mantiene encerrado en su mente con un dulce acompañamiento hasta que un bache, más pronunciado de lo normal, le devuelve a la realidad: viejo, cansado e incomprendido.
Observa a su alrededor: Todos jóvenes desperdiciados. Irrespetuosos, vanos, inútiles, inferiores. No saben nada de la vida y creen ser sus reyes, pero en este país sólo hay un rey y ellos no son él. Cada rostro es peor, perdidos, maricones, cobardes, enclenques, desaprensivos. Ni uno sólo podría pasar por lo que él paso. Él es mucho mejor.
El anciano sonrie levemente, bajando al anden, abandonando el metro, y comienza a silbar viejas canciones de los tiempos de gloria.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Capítulo 70 - Vejez

Y ya, cansado de una larga vida,
quedó satisfecho y relajado.
Se deshizo de ropajes lacerados,
de su pelo y piel ennegrecida.
Arrojó sus pensamientos,
pues ya le eran inútiles.
Recuerdos infantiles,
olvidó cosas a cientos.
Viajó a tierras altas,
inexpugnables, solitarias.
Purgó todas sus faltas.
Solo ante el mundo
quedó convertido en piedra.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Capítulo 69 - Dechen

Sus padres eran unos yuppies, cosmopolitas sin escrúpulos que lo daban todo por su trabajo. Por desgracia, su pasión, el trabajo, les traicionó. Fracasaron laboralmente y quedaron destruidos a nivel moral.
Entonces, comenzaron a recorrer el mundo, buscándose a sí mismos, trataban de encontrar su nuevo lugar en el mundo. Fueron desde Islandia hasta Acapulco y desde allí hasta Ontario; pasaron por Camberra, Tijuana, Sudáfrica, Corea y multitud de sitios más; finalmente, llegaron al Tibet. Allí se sintieron reconfortados y encontraron su lugar.
Se establecieron en el interior de España, en la zona rural. Allí, construyeron una granja de pollos y fundaron un hogar para su recien concebida hija: Dechen. Su nombre, proviniente del tibetano significaba "Gran dicha". No sabían, al ponerle este nombre, cuán irónico resultaría.
La muchacha pasó la juventud en soledad. Cuando comenzó a ir al colegio de el pueblo más cercano, los demás niños la aceptaron y jugó con ellos, pero no tardaron en huir siquiera dos semanas: la niña tenía una personalidad tan absorbente y agotadora que ninguna persona, salvo sus padres que la ignoraban por inercia, podía soportar el agotamiento que suponía su presencia. Apaliaba ella esta soledad jugando con los pollos a los que perseguía hasta la extenuación y después estrujaba entre sus fornidos brazos.
A medida que crecía, por influencia de sus padres, aun yuppies en sus almas, sustituyo a las gallinas agotadas por los libros y el trabajo duro. Estudió con esmero durante todos los días del año y fue refinando su educación. No obstante, su escaso conocimento del mundo más allá de sí misma, sus padres, las gallinas y sus libros -que como ella sabía eran sólo libros-, le hacían sumamente inocente a cualquier influencia externa.
Por influencia victoriana, tal vez de Jane Austen o de algún otro, comenzó a preocuparse por su aspecto y posición y drásticamente, consentida por sus padres, paso de manceba de pueblo a dama rural.
Y esa era su imagen al final de la adolescencia: una joven y fornida muchacha de aspecto cuidado a la vez que algo burdo que buscaba una posición social más allá de la granja de sus padres, para poder desposarse con algún buen señor. Se sirvió de buenos modales y coraje y salió al mundo a cumplir su cometido.
Fue aquí cuando se cruzó en mi camino, en las tierras de ultramar, allá en el norte. Se la veía confiada, cierto. Se la veía educada, también, cierto. Pero su presencia desvelaba otras certezas más profundas. Ni su educación, ni sus intenciones le otorgaban inteligencia y carisma personal. Tratar con ella era como tratar con una cuarentona de 7 años que carecía de inteligencia, como un cacahuete, y llegaba a exprimirte hasta un punto que eras incapaz de ridiculizar.
El contacto con ella fue breve, a Dios gracias, pero su marca perdura y ha dejado una idea grabada a fuego en mi mente:

Dechens del mundo unios, soportaos y desapareced.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Capítulo 68 - Última voluntad

Cuenta la tradición, que el maestro napolitano Gregor C. Hüssendolfer, en su lecho de muerte, mandó llamar a sus discípulos. Éstos, que eran cuatro, acudieron rápidamente con excepción de uno, Christofer Void, el menor de todos ellos, que no se presentó.
Así pues, Hüssendolfer invitó a tarta a tres de sus discípulos y, acto seguido, mandolos a por el cuarto. Hüssendolfer no moriría sin ver primero a sus cuatro discipulos.
El mayor de los discípulos, William Schnell, conocedor de los secretos del agua y el listín telefónico, no pensó ni cinco minutos para decidir visitar los burdeles próximos. No es que Void soliera pasar su tiempo allí. Lo cierto era que Schnell, tras sus cincos minutos de intensa búsqueda espiritual, se sentía agotado y había decidido hacer un alto en su camino para descansar en algún burdel.
El segundo, no con más vitalidad, era conocido como Kurt "Sapiente" Harris. Se había ganado el título de "Sapiente" no por sus extensos conocimientos -de los que carecía-, sino por un defecto en el habla que producía la apertura excesiva de las "e" en algunas ocasiones. Para colmo, el muchacho, que había visto mundo, llevaba tatuada en la espalda una "sapiente" de cascabel. Se le consideraba capaz en... se le consideraba in-capaz. Por lo tanto, de acuerdo con esta consideración, "Sapiente" optó por quedarse y buscar a Void entre el merengue y mientras tanto, comer más tarta.
El tercer discípulo, tenía dos dedos de frente y su nombre era UNO. La explicación a este nombre es que fue "Un Niño Obediente" lo que pidieron sus padres en la carta a los Reyes Magos cuando él fue concebido y, en honor a sus majestades, así fue bautizado. Era quizá el más sabio de los cuatro aunque también el que tenía menos iniciativa. Estas cualidades le hacían el mejor para adquirir el pesado conocimiento de las piedras. Como UNO que era, él sí fue en busca de Void.
Encontrolo en la plaza, con el sacerdote, Marcus Prego. Debatían acaloradamente sobre ponerse a la sombra pero no hallaron resuelta su disputa pues UNO, que en su juventud siempre había sido amable, había crecido y Void fue cogido por el pescuezo y arrastrado hasta su maestro.
Cuando llegaron "Sapiente" daba saltos y exclamaba: "¡Lo encontré, lo encontré, aquí estaba!", por la puerta apareció Schnell, ya satisfecho. Pero Hüssendolfer llevaba muerto un rato. Se cansó y abrió los ojos, tomo aire... y sopló, ¿qué iba a hacer si no? Después de soplar, dijo:

- Mis queridos discipulos... Después de tanto tiempo, es un placer conoceros.

Y entonces el maestro napolitano pereció, ahora en serio, y, aquella noche, sus discípulos cenaron napolitanas.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Capítulo 67 - ¿Qué tal?

- ¿Dónde están las llaves?
- Están dónde las dejaste la última vez.
- ¿Qué vez?
- La siguiente a la última que recuerdas. No olvides que ayer saliste.
- Ya. ¿Y dónde era eso?
- No lo sé, fuiste tú el que salió.
- Digo que dónde dejé las llaves.
- Donde quiera que estén las llaves.
- Bien. Eres de mucha ayuda...
- ¿Las ves ya?
- No, las llaves. No las encuentro.
- Mira a ver en la puerta.
- Eso tiene sentido.
- Sí. Hacia dentro.
- Pues no, aquí no están.
- Mira en el cerrojo.
- Aquí dentro sólo hay oscuridad.
- Pues entonces no están.
- ¿Y quién las tiene?
- El cerrojo no.
- ¿Te hace gracia?
- No. El cerrojo es alguien muy serio.
- ¿Eso es un sí?
- Es un cerrojo.
- Debería ser yo el que te cerrara el ojo...
- No, tú deberías encontrar las llaves...
- ¿Por qué?¿Qué hora es?
- La hora de recordar.
- ¡Pero que ya te digo que no sé dónde están las llaves!
- Me refiero al reloj, se está quedando sin cuerda... Ya. Las 9:35
- Llego tarde.
- Bienvenido.
- Ahora me marcho.
- ¿Y me dejas aquí con él?
- ¿Con quén?
- No, nada. ¿Y las llaves?
- ¿Qué?
- ¿Las tienes ya?
- No.
- Vale.
- Adiós.
- Adiós... ¿Y tú qué tal?

domingo, 11 de noviembre de 2007

Capítulo 66 - Libro Suicida (Informático)

Lo primero de todo, mentaros que yo de informática poco. Y ahora, el texto:

Cierto día, un archivo llamado "Poemas Romanticistas.doc" fue situado en el escritorio junto a la Papelera de Reciclaje. El documento, nervioso, le dijo a la Papelera de Reciclaje:

-Eh, oye, Papelera de Reciclaje maldita, aléjate de mí o me eliminarás y nadie podrá leerme.

A esto, la Papelera de Reciclaje respondió que por qué iba a alejarse si ella vivía de archivos eliminados que, de hecho, no desaparecerían hasta que se los quitaran a ella. Según su punto de vista, el documento debería tener miedo de que, si en algún momento le metían dentro de ella, no decidieran vaciarla y, por supuesto, del puntero del ratón.

"Poemas Romanticistas.doc" seguía desconfiando de la Papelera de Reciclaje, pero, de repente, se leyó a sí mismo y decidió que quería suicidarse:

-Papelera de Reciclaje... ¿Y tú no puedes eliminarme?
- Pues se supone que eso tiene que hacerlo el puntero del ratón...
- Anda, por favor.
- Vale.

La
Papelera de Reciclaje, personándose en un usuario de PC, trató de eliminar a "Poemas Romanticistas.doc".

Error al borrar un archivo o carpeta.
No se puede eliminar "Poemas Romanticistas.doc": Está siendo utilizado por otra persona o programa.
Cierre todos los programas que puedan estar utilizando este archivo e inténtelo de nuevo.

Entonces, apareció un virus de internet de esos que son tan prolíficos por las maravillas de WINDOWS y borró todos los archivos del disco duro empezando por "Poemas Romanticistas.doc".